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Ana Matías durante la presentación de La Mala Fama en La Térmica.

La Mala Fama era el nombre de un garito madrileño de aquellos en los que rebullía la vida en los años de La Movida. Habría sido sólo un bareto más de no ser porque lo regentaba Ana Matías, fotógrafa y artista plástica que recoge en este álbum gráfico las numerosas Polaroids que realizó en  aquellos años. El título del libro, que supuso su debut en el medio editorial, no podía ser otro que La Mala Fama.

Como presentación del libro sirva el prólogo que hace el fotógrafo Alberto García Alix:

“Han pasado más de quince años desde que Ana tomó la primera de estas fotos, es emocionante volver. Volver a donde ya no se vuelve. Eso son las fotos, un regreso, un anhelo de presencia, un certificado de vida ya vivida. Las fotos son además los ojos del narrador de un cuento. En este caso Anita son tus ojos los que van a contarlo. ¡Vamos! Es tu turno, no seas tímida. Yo te doy la entrada: Érase una vez una ciudad y un grupo de amigos… Espera, antes de que sigas, creo que además de palabras estas imagines necesitan música”.

Han pasado más de quince años desde que Ana tomó la primera de estas  fotos y ahora con el tiempo recuerda: Hoy, al verlas, siento encogerse mis tripas. Una cascada de recuerdos sube a mi boca. Regurgita el colorín de la vida, la mía y la de los amigos que juntos compartimos aquellos años. Ahí es nada, el tiempo nos mira, la imagen nos congela. Aquí estamos. Otra vez juntos, no falta ni la gordita, mi vieja moto, buena chica. Al verla en estas fotos sé que las viejas carreteras  que recorrimos y que no conducían a ninguna parte recuperan  su anhelado destino.

¡Ahí vamos¡ Aún nos mueve el latir de aquel imperio de emociones que siempre remaba hacia delante. ¡Pura vida! Sí, ¡puta vida! Todos sabemos como se las gasta. Capaz es de no dejar títere con cabeza. Tanto ayer como ahora las piernas se rompen y las ausencias de los caídos duelen. De la carcajada al llanto hay un paso. Me pregunto frente a estas fotos cuántas risas y  lágrimas me faltan aún por verter.

Con estas imágenes regreso al calor de aquellos días de fanfarria y delirio. También a su frío nocturno. A aquellas dosis que enmarronaron muchas cosas. Lo bailado, bailado está. Por todo esto y más despiertan mi ternura y mi piedad.

Anita puso tanto amor que nos cazó a todos. Aún la recuerdo, arañando las emulsiones Polaroid con el anillo de la Tripulación, de ahí que todos tengamos ese halo de santos, aunque en realidad no lo fuésemos. No importa, pervivimos en ellas como es de rigor, pletóricos. A partir de ahora llevaré conmigo en el recuerdo aquellos días, con los colores que les ha puesto mi amiga.

Es emocionante volver. Volver adonde ya no se vuelve.  Eso son las fotos: un regreso, un anhelo de presencia, un certificado de vida ya vivida. Anita, gracias por haber hecho y haber conservado estas imágenes que testifican nuestro encuentro, nuestra vitalidad y los sueños que compartimos.

Me lo dice el corazón. Las fotos, además, son siempre los ojos del narrador de un cuento. En este caso Anita, son tus ojos los que van a contarlo. ¡Vamos! Es tu turno. No seas tímida. Yo te doy la entrada: ¿ves? Comienzo: “érase una vez  una ciudad y un grupo de amigos…” Espera, antes de que sigas, creo que además de palabras estas imágenes necesitan música. ¡Música! Todo en ellas sabe a canción de mi ciudad. Música. A tu lado Anita, los aquí presentes vamos a danzar juntos una vez más.

Algunas de las fotos del libro La Mala Fama.

La Mala Fama es el álbum gráfico de una época en que Madrid vivía a tope los nuevos aires de libertad y quemaba su juventud con el brillo de una bengala y la velocidad de la imaginación. “La Mala Fama” era un local de copas, frecuentado por los jóvenes de la ‘movida’ y regentado, entre otros, por Ana Matías, que nació en Madrid en 1965 y se licenció en Bellas Artes en la Universidad Complutense, donde empezó a investigar en el campo del retrato.

En 1988, comenzó a utilizar la máquina Polaroid como instrumento para abocetar, creando, hasta el año 1992, un archivo de más de seiscientas imágenes, retratos, en su mayoría nocturnos, del Madrid trasgresor y efervescente del momento.

logoEn 1993, se trasladó a Marbella, donde fundó un taller de pintura y obra gráfica: El Taller con Tinta Roja.

Desde entonces hasta la actualidad, ha obtenido numerosas menciones por sus grabados, realizando a menudo exposiciones individuales y participando en numerosas colectivas, por lo que es considerada una figura emergente en el mundo del grabado español que ya tiene una carrera a sus espaldas que la descata.

Gran parte de estas fotografías y dibujos fueron tomados en el local “La Mala Fama”, cuyo nombre da título a este libro de fotografías, por el que pasan desde Rosy de Palma a Victoria Abril y desde Almodóvar a Jorge Sanz. Alberto García Alix, nuestro flamante Premio Nacional de Fotografía, protagonista también de aquella historia, abre el libro con un prólogo que sitúa la obra de Ana Matías en su época cronológica y artística.

En su tiempo, algunos de estos retratos Polaroid se publicaron en el diario El Mundo y en las revistas El Canto de la Tripulación y Elle, al tiempo que con sus ilustraciones participaba en la producción de la película Kika de Pedro Almodóvar.

AnaAnaisSiempre, desde niña, he sentido la necesidad de retratar. Mis hermanas, primos, perros y amigos, pasaban sumisos y algo hipnotizados bajo la feroz tiranía de mis lápices. Escondida detrás de mi cuaderno, miraba, intuía e intentaba atrapar torpemente fragmentos de lo que ya entonces reconocía como mi pequeño mundo.

Muchos años después, cuando estaba estudiando Bellas Artes,conocí un domingo en el rastro a un corazón atravesado por un puñal, Alberto, y escuché el tremendo sonido del obturador de su cámara atronando por encima de los tambores de la Bobia, deteniendo el paso del tiempo.

Estaba presenciando otra manera de retratar, pero aún no lo sabía….

Mas tarde vinieron noches de tequila y confesiones, días interminables pero a la vez brevísimos, unos años magníficos en los que los proyectos se cumplían tan rápidamente, que se superponían unos a otros.

El Canto de la Tripulación hizo recalar en el estudio de Alberto a toda una serie de febriles marineros exultantes de ideas y de ganas de aventuras. Todo parecía posible. En realidad era posible, porque cuando los ojos del capitán se incendiaban y decían ¡vamos¡ ya no había vuelta atrás. Aquel corazón tan grande y tan salvaje ponía en marcha, latiendo, a una tripulación entera.